Misión en el desierto

El ejercicio de hoy era hacer un cuento con tres partes: la central rápida y las otras dos lentas. Aquí tenéis el resultado

Hace tres horas que salimos de la base y no veo más que matojos y colinas desérticas. El 4×4 acorazado va creando su propia senda según anda. La va dejando marcada con dos huellas ya infinitas, que desaparecen detrás de los serpenteos que hace el valle, que es angosto, y que se ve tan seco que parece que nunca haya tenido río que lo moldease. Hace un frío gris tierra que me entumece los dedos y que no me deja conciliar el sueño, a pesar de la vibración del coche, y de que voy contando los arbustos que vamos pasando, como si fueran ovejas. No hay referencias en nuestro recorrido. Se suceden las laderas en uve que parecen de grava arenosa, pálidas del frío y el sol. Mi compañero conduce, guiado por la ruta que los de Inteligencia han puesto en el GPS, sin decirnos si nos queda mucho para llegar a nuestro destino. Sólo los primeros días de estar destinado en esta región, recién llegado de mi casa, me planteaba, en este tipo de misiones, si estaríamos cerca del objetivo. Ahora ya sólo me concentro en cumplir las misiones lo más rápidas y limpias posible, y en llegar para matar y volver. Si llevamos tres horas, me mentalizo para que queden otras tres y, una vez pasado ese tiempo, me habré preparado para seguir otras seis más. Me concentro para que mis músculos dejen de estar entumecidos y mi mente se despeje cuando comience la acción.

El coche se para y, con él, la vibración deja de mecerme. Un latigazo que sale desde la tripa recorre todo mi cuerpo. No sé si algún día dejaré de ponerme nervioso cuando la acción está tan cerca. Ya hemos llegado, nos dice el conductor. Me bajo, cojo el fusil y la mochila ligera, y me reúno con el sargento. Hemos parado a un kilómetro del destino, para que no oigan el ruido del coche, y lo recorremos caminando mientras voy repasando todos los detalles de la misión. El grupo al que vamos a eliminar es pequeño pero bien armado, nos decían los de Inteligencia. Según nos acercamos al destino, vamos tomando posiciones: arriba el francotirador, abajo del todo la ametralladora, y en las laderas del pequeño valle en uve nos ponemos los que llevamos fusil y el del lanzagranadas. Vemos a cinco personas entre antenas de comunicación, que rodean una pequeña casa, y de  piedras apiladas, puestas a modo de trinchera, con ametralladoras de alto calibre montadas. Todavía no saben que estamos aquí. Cada uno de nosotros tiene a uno de ellos en su punto de mira, esperando a un gesto del sargento para acabar con sus vidas.

Todos estamos con el objetivo en la mirilla, esperando a la señal acústica que el sargento hará sonar en nuestros relojes. El centro de mi teleobjetivo tiene la cabeza de un pobre paisano con pinta de local, con ojos achinados. Su piel es rosácea, y a la vez curtida y tostada por el sol de las alturas y el frío del invierno.

La señal suena. Disparamos todos a la vez. No quitaré el ojo de la mirilla hasta que el paisano no se haya desplomado pero, aunque se ha caído, parece que sigue vivo. Disparo de nuevo hacia la cabeza pero le he dado en el hombro. Se ha escondido detrás de uno de los huecos de ametralladora y sólo le veo un brazo, que se mueve pidiendo ayuda. No veo dónde están las personas a quien se la pide. En mi mirilla sólo cabe el montón de piedras que tapa a mi víctima y un poquito de una de las paredes de la casa. Tras el primer disparo, tres de mis compañeros han notificado que han matado a su objetivo, y otro ha fallado y su objetivo se ha metido en la casa.
-¡Delta herido!- les digo -. Franco uno, mi objetivo está detrás del montón de piedras a las once de la casa. Confirma que lo ves. Le he dado pero no sé si lo he matado.
-No lo puedo confirmar. Parece que hay movimiento dentro de la casa.
-Bazoka, ¡a la casa!- dice el sargento.
El lanzagranadas dispara un misil que se cuela por uno de los ventanucos y el resplandor de la explosión sale por todos los orificios de la casa.

Cuando se apaga el eco de la explosión, vuelve el silencio del desierto con su brisa constante y helada. Yo miro de nuevo a mi objetivo y ya no veo la mano. No sé si el infeliz habrá muerto o habrá dejado de pedir ayuda porque hemos acabado con quien se la fuese a dar. Me pongo en el lugar de mi objetivo y pienso que, en los cuatro meses que llevo fuera de casa, no he visto a ningún compañero caer en combate. Los he visto llegar a la base malheridos y sin esperanza después de un combate, o ya muertos; pero, durante los enfrentamientos que llevo, ninguno del grupo ha dejado de hablar por el telecomunicador. Todos llevamos un pequeño micro y un auricular para contarnos todos nuestros movimientos. Me han contado historias de cuando han herido a uno del grupo, cómo todos oyen los gemidos de dolor y de angustia, cómo los sientes como tuyos, recordando la línea tan delgada que nos separa de la agonía y la muerte; casi te olvidas de que la misión debe ejecutarse con la precisión de un bisturí, y sólo entran ganas de salir corriendo, sin saber muy bien si es para ayudar a tu compañero, y salvarle de su sufrimiento agudo y de desesperanza, o para matar a todos los enemigos, aunque sea a puñetazos. Sin embargo, tienes que quedarte quieto, concentrado, pensando en rematar la misión, aunque ya se haya ensuciado con tierra y sangre propia, porque es la única forma de salir de allí con vida.

Pienso todo eso mientras sigo apuntando por la mirilla al espacio que queda entre el montón de piedras y la casa. No vamos a acercarnos al objetivo hasta que estemos seguros de que no haya nadie, oculto y apuntando, a la espera de que nos movamos. Por la mirilla no veo movimiento, pero tampoco puedo asegurar que ya esté muerto. La señal del sargento para que vayamos a reconocer la zona puede llegar en cualquier momento, o tardar horas. Pienso en la travesía en el 4×4 hasta llegar aquí, en cómo el tiempo transcurría cada vez más despacio, y me concentro de la misma manera, cada vez más convencido de que mi víctima se levantará e intentará atacar con la ametralladora, pero también más convencido de que esperará hasta el fin de los tiempos para sorprendernos. Mientras tanto, no sucede nada. En mi mente, esas piedras siguen escondiendo un cuerpo vivo y al acecho, pero el único movimiento que veo es el de los arbustos mecidos por la brisa, y de vez en cuando algún insecto que atraviesa la escena. Estamos todos en silencio, esperando las instrucciones del sargento, que no llegan nunca, y que cada vez las intuyo más lejanas.

Después de un rato, que no sabría decir si fueron segundos u horas, uno de mis compañeros dispara. “Mi objetivo se ha movido y lo he eliminado”, nos dice por el telecomunicador. Es hora de acercarnos a asegurar la zona. La orden del sargento es clara. Yo me quedo en la misma posición, guardando que mi objetivo no se levante de repente, mientras tres de mis compañeros se acercan a la casa. Uno de ellos tira una granada tras el montón de piedras que llevo observando durante horas y veo salir despedido algún trozo del cuerpo recién desmembrado de mi objetivo, y ya definitivamente eliminado. Nunca sabré si llevaba horas muerto o sobrevivió hasta la explosión. La verdad es que no me importa, porque la misión está cumplida, perfecta y limpia, y es hora de volver a la base.

 

El chico del alpiste

Esta semana Víctor nos explicó el narrador en segunda persona. Aquí el narrador es un personaje físico del relato, que le cuenta la historia a un interlocutor que también es un personaje del relato. La propuesta era escribir, con narrador en segunda persona, una historia en la que alguien da  indicaciones para ir a comprar alpiste para el canario.

 

Claro que sí, mi nieta querida, cuando se acabe la comida del canario puedes ir tú a comprar más. En la tienda de la esquina es donde mejor alpiste venden de toda la ciudad, pero no te reprocharé que vayas a las del barrio de artesanos. Si yo pudiera, me daría también el paseo por toda la ciudad vieja con mi falda más colorida, subida a la muralla y viendo el mar Caribe, tostándome con la brisa marina y el azul impoluto del agua. Pasaría junto a la catedral, viendo a todos los loros encaramados a la torre del campanario, hasta entrar en las callejuelas de los gremios artesanos. Me entretendría en los pequeños bares, de hombres que juegan al dominó y piropean a las mujeres de piernas bonitas como las tuyas, o con el vallenato que suena en la radio de cada tienda, tan alto que se oye en toda la calle, y esperaría por el barrio hasta que llegase la tormenta del mediodía. Así entraría en la tienda yo sola, y sabiendo que nuestra lluvia tropical mantendría a todo el mundo resguardándose en sus casas, en los bares o en el primer techado que les mantuviese secos. Le pediría al muchacho que atiende -ese muchacho en el que ya sé que te has fijado- que me explicase qué alpistes tiene y cuál le irá mejor a mi canario. Como todos los demás días, lo miraría dulcemente y le sonreiría, sobre todo sabiendo que él ya se habrá fijado en una chica tan alta y salerosa como tú. Le pediría que trajese el que está más lejos y, mientras, yo cambiaría el cartel de la puerta para que pusiese “Cerrado”. Cuando viniese con él, le diría que, mejor, trajese alguno que tuviesen en la trastienda. En ese momento él ya debería saber qué esperaría de él, y me pediría que lo acompañase para que le dijese cuál de todos los alpistes quería. Y, si todavía es un chico inocente y no te lo pide, tú le sigues y cierras la puerta, olvidándote de que nunca has sido tan lanzada. Ojalá volviese a tener tu edad para cerrar esa puerta tras de mí y para volver a sentir la emoción de esa soledad íntima y compartida, y de ese aislamiento fogoso de carne suave que me hacía perder el sentido de todo lo que había a mi alrededor. Si, después, alguien protesta por el ruido, échale la culpa a la lluvia torrencial. Dile que habrá confundido el ruido con el de la anciana de arriba y su mecedora desvencijada, o de los loros de la catedral que, con el mal de ojo que le han echado al nuevo párroco, vuelan y gritan mientras llueve. Sal de la tienda antes de que deje de llover, para que nadie sepa lo que ha pasado y para que el agua pueda sofocar el calor interno que todavía tengas. Y cuando vuelvas con el alpiste, háblame de tu paseo y háblame del chico de la trastienda. A mí me gusta que vengas aquí conmigo todos los días, durante toda la tarde, y que me acompañes con tus historias y tus juegos, como has hecho hasta ahora. Pero ya veo que has crecido y que tus risas de niña han ido dejando paso, a la vez que aumentaba la talla de tus pechos, a suspiros de melancolía que escondían el nombre de tu primer amor. Así que no te pediré que te quedes, aburriéndote con juegos de cartas o con dominó; pero ven aquí después de cada paseo y hazme revivir lo que, a mis años, ya no tengo fuerzas para volver a hacer.

La elección

El la última clase vimos el narrador equisciente, el que narra en tercera persona, desde un punto de vista muy cercano al protagonista y que sabe lo que piensa, pero del que también puede opinar y al que puede describir con un punto de vista propio.

La propuesta para esta semana era escribir un relato sobre una decisión trivial, con narrador equisciente:

 

   Le despertaron cuando todavía no era medianoche, y no fue la lluvia torrencial que aporreaba las ventanas del cuartel, ni el frío de un sueño sin cama.

   -Baja al calabozo y trae a otro-, le dijeron.

   Y otro infeliz sería fusilado, como cada hora de los últimos dos días, de acuerdo con el ultimátum que le habían dado al enemigo.

   Nunca le decían a quién traer, y lo mismo daba un oficial, que un jefe, que un soldado. Le pidió al alguacil, soñoliento y apático, que encendiese al azar la luz de una de las celdas. De los doscientos presos, la luz recién encendida le ayudó a reducir la elección, a sólo entre siete. Mientras se acercaba a la celda iluminada, pensaba que, cuando estaban en el campo de batalla, todas aquellas personas eran para él el enemigo, y sólo les concedía el derecho a morir; pero allí, presos, separados de toda violencia, el hecho de verles hablar, dormir, o mirar al infinito los situaba inequívocamente como personas.

   -Tú. Ven- dijo a uno de ellos. Y lo dijo lacónico, porque no había honra ni deshonra que hiciera al reo ser el elegido, pero sí terminaba con su esperanza de ver la guerra acabada. A veces escogía al más alto, a veces al que dormía, a veces al que tenía los ojos más penetrantes. De camino al patíbulo siempre pensaba qué le había llevado a tomar la decisión o, mejor dicho, por qué era más justo haber elegido a ese que a cualquier otro. Ninguno era más culpable de que esta guerra no se acabase, ni merecía más ser sacrificado para que en su bando pudieran sostener el ultimátum. Sin embargo, lo habían convertido en el juez que dictaminaba quién debía pagar antes por todo eso. Sin pruebas, sin turno de defensa. Después del fusilamiento trataría inútilmente de quitarlo de su mente, pero la lluvia, el frío sin cama, la cercanía al patíbulo y la quietud de la noche se lo impedirían.

   El preso ya tenía vendados los ojos. Sin dilación, ordenó:

   -¡Carguen! ¡Apunten! ¡Fuego!

Pascual, Cecilia y el joven repeinado

El ejercicio de hoy era hacer un relato sobre una violencia cotidiana (esas de baja intensidad que vemos tan a menudo) a través de un narrador cámara (ese narrador en 3ª persona, externo, que solo puede contar lo que ve y lo que oye, como una cámara, y no puede meterse en las cabezas de los personajes ni saber lo que piensan ni lo que sienten).

Hoy no es uno de esos días de primavera en los que no puedes salir de casa sin abrigo, porque lleva toda la semana haciendo algo de frío, pero en cuanto pasas por el sol te asas y casi puedes ir en camiseta. Si mirases al cielo, tampoco te quedaría claro si los cuatro nubarrones negros que ves desde tu ventana, y que han dejado el suelo mojado y brillante, terminarán de irse o encapotarán el día (desde las ventanas en los pisos de Madrid, con el edificio de enfrente a escasos diez metros la mayoría de las veces, nunca llegas a saber si en estos días estás viendo una nube en un día claro o un claro en un día de nubes). Subiendo la calle Maudes está Pascual, dirigiéndose a la boca de metro, y lleva un abrigo ligero y una boina. Puede que haya tenido en cuenta todos los matices del tiempo, pero bien podría ser su atuendo habitual desde hace varias semanas. Aunque en Madrid todo el mundo camina rápido (salvo los de provincias que vienen el fin de semana de visita, o los que caminan por la Gran Vía en Navidades, hacinados como pingüinos emperador), Pascual va con ritmo desenfadado, como si tuviese la certeza de que iba a llegar mucho antes de la hora. Unos metros atrás viene Cecilia, con paso mucho más acelerado, con gafas de sol puestas y un paraguas plegable (y plegado) en la mano, sudando, con un abrigo de lana abrochado y una bufanda alrededor del cuello (sin duda a la última moda). Cuando llega a la boca de metro y empieza a bajar las escaleras, se encuentra con Pascual, que las va bajando en diagonal de izquierda a derecha (es la línea más recta hacia los tornos). Cecilia, mirando al suelo para no pisar fuera de sitio, se da cuenta de la trayectoria de Pascual después de unos pocos escalones, porque ve cómo se va desplazando hacia el lado y le va tapando el paso, pausadamente. Cecilia intenta adelantarlo por la derecha, pero se da cuenta de que no le da tiempo a pasarle antes de que se quede sin sitio entre el hombre y la pared; así que hace una pequeña pausa, la suficiente para que Pascual avance escalón y medio, y para que ella pueda pasarlo por la izquierda. Sin embargo, cuando está a punto de terminar las escaleras, se da cuenta de que el suelo está encharcado y sólo hay un sitio por donde no se mojaría sus zapatillas de lona: a la derecha del todo, por donde pasa Pascual. Cecilia se para y lo mira, pero no a la cara para que se apure o para mostrarle su prisa, sino a sus pies, fijándose sólo en que hay un bulto que no la deja pasar, como quien mira a un coche que no se está parando en un paso de cebra y debe esperar un tiempo extra que no estaba en sus planes inmediatos. Una vez ha dejado atrás a Pascual, saca la tarjeta transporte mientras se acerca a los tornos. Cuando la pasa por el lector y ella ya se sentía dentro, la barra no se mueve, y el torno hace un ruido que inconfundiblemente significa negación (o fallo), a la vez que se enciende una luz roja. Cecilia se para y vuelve a pasar la tarjeta maquinalmente, y el aparato vuelve a pitar y a encender la luz roja. Se cambia de torno y lo intenta de nuevo, y de nuevo la doble negación. Extrañada, mira la tarjeta que tiene en su mano; la mira rápido por los dos lados, esperando que le diga algo, y entonces ya mira la pantallita del torno y ve que se le han acabado los billetes. Se da media vuelta y va a la máquina a recargarla. Pascual ya ha entrado y ve cómo el tren está llegando a la estación. Con su paso tranquilo le da tiempo a llegar antes de que el tren se vaya.

Cecilia va corriendo para que no se le escape el tren. Ve que Pascual está entrando por la puerta más cercana y mira a la de al lado pensando en cambiarse. Duda si le dará tiempo a llegar a la otra puerta, así que decide pararse y esperar a que Pascual pase para entrar ella después. Dentro del vagón, Pascual se queda de pie junto a la puerta, mientras que Cecilia busca un asiento libre para sentarse. Sólo hay uno, justo al lado de la puerta, pero no está completamente disponible: en el asiento de al lado hay un tipo joven, de unos veintipocos años, con pantalones de chándal, deportivas sin calcetines (o calcetines tobilleros), sudadera y pelo perfectamente arreglado, que va medio recostado, mirando el móvil plácidamente, y con las piernas bien abiertas, ocupando los dos asientos y mostrando su entrepierna con orgullo a todo el mundo. Para Pascual, la actitud del joven repeinado pasa inadvertida, pero Cecilia lo mira con desagrado, y con decepción por no poder sentarse (y por que exista gente como él en el mundo), mientras se va desenrollando la bufanda y desabrochándose el abrigo. Lo mira fijamente, casi con descaro, como quien intenta decir algo sólo con la mirada; el chaval nota que lo observan, la mira durante un par de segundos, como quien mira un pájaro que pasa por la ventana o una luz que se ilumina inesperadamente, y vuelve a fijar la mirada en cualquier otro sitio, mientras acerca el móvil a su oreja. Cecilia resopla y baja la vista, derrotada. Mientras se está quitando el abrigo se le cae el paraguas al suelo, y mientras se agacha para recogerlo, se le resbalan las gafas de sol y acaban también en el suelo. Cecilia respira hondo con gesto grave, como quien se está pensando si tranquilizarse o reventar con todo. Coge el paraguas y las gafas (las revisa para comprobar si se han rayado), se levanta, sujeta el abrigo y todos los demás bártulos con la mano izquierda, y con la derecha saca el móvil.

–Tío estás lokísimo! Cómo se te ha ocurrido eso!– le dice el joven repeinado a su teléfono, grabando un audio. –Eres un estrafalario. Vaya historia. Esa me la tienes que contar–. Dicho eso, cambia su gesto de admiración por cara de nada y vuelve a ponerse con el móvil, esta vez mascando un chicle que debía de llevar todo el rato en su boca.

Pascual lo mira de reojo, sin preocuparse mucho por esa media conversación que ha oído. Cecilia lo mira con cara de odio, durante unos segundos, y se vuelve a sumergir en su móvil. Abre Twitter, lee un poco y hace scroll hacia abajo muy rápido. Luego se mete en facebook y hace lo mismo, luego Instagram y en seguida hace lo mismo con otras tres o cuatro aplicaciones, como si ya lo hubiese leído todo varias veces, pero esperase alguna novedad superflua que le hiciese el trayecto un poco más ameno.

–Tío me lo gozo!–. Se ríe –Eres un crack! Eres el mago de las excusas estrafalarias! Entonces nos vemos mañana. Hasta luego crack!– le decía de nuevo el joven repeinado al altavoz de su teléfono, haciendo gala de su riqueza de vocabulario. Cecilia cierra los ojos y respira hondo, como contando hasta tres.

Por fin el tren llega a la estación de Tribunal y Cecilia se acerca a la puerta. Pascual se le ha adelantado una vez más, y está entre medias de las dos puertas, levantando la manilla desde antes de que el metro pare. La puerta se abre en cuanto el tren se detiene, pero, aunque sólo hay cuatro personas en el andén, se han agolpado junto a la puerta y no dejan salir a Pascual ni a Cecilia, e incluso los empujan un poco para poder entrar. Pascual comienza a andar con su paso tranquilo y su parsimonia. Cecilia, que está un par de pasos más atrás por culpa de los que acaban de entrar, se da cuenta de que no va a poder adelantar a Pascual hasta que haya salido del vagón y haya avanzado unos metros (volverá a caminar en diagonal cuando esté en el andén y a Cecilia le tocará hacer un par de regates para pasarlo). De repente se para, mira al joven repeinado, levanta la pierna y le pega en los cataplines con la suela de la zapatilla, con un gesto que está entre pisotón y patada. Entonces empuja con ímpetu a Pascual, que cae de bruces al suelo, y sale del vagón con paso rápido y gesto airado, dejando a media estación atónita, sin entender cómo una chica tan mona puede de repente volverse tan violenta.

Dulce Tailandia

Esta vez, Víctor nos hizo una propuesta que él mismo calificó como un poco loca: inspirarnos en una canción para escribir el relato. Yo elegí Fade to black, de Metallica.

 

Se oyen sirenas de policía y un hombre con un altavoz pidiendo que me rinda. Esto se ha acabado. Los rehenes me miran sorprendidos, pero todavía noto el miedo que les recorre todo el cuerpo. Ya no grito ni amenazo. Me he sentado en una silla y me he puesto a mirar al suelo agarrándome la cabeza con las manos. Los dos millones que he sacado de la caja fuerte y que ahora están en mi mochila no me van a servir para mucho. La policía acaba de matar a mi compañero. Ahora solo me quedan dos opciones: correr su misma suerte o pudrirme en la cárcel. Ya no habrá casita en la costa tailandesa, para vivir allí hasta que nos hagamos viejos, ni amaneceres en una playa llena de cocoteros con un daikiri en la mano. Levanto la vista por si algún rehén decide cometer una estupidez, aunque el cuerpo ya frío del director de la sucursal parece que les sirve de advertencia. Si supiesen que yo nunca he matado a nadie a lo mejor no se estaban tan quietos.

El hombre del altavoz sigue pidiendo que me rinda, y yo no hago nada. Miro a los ojos a los rehenes y me van apartando la mirada, uno por uno. No sé si lo hago por diversión, por ira o porque estoy esperando que alguno de ellos me dé la respuesta que necesito. ¿Y ahora qué? Todo se ha acabado, sin embargo tampoco sucede nada. Mi compañero era siempre el que decía lo que había que hacer, pero ya no va a ordenarme nada más. Es más, si lo pienso bien, ahora soy yo quien está al mando. Ninguno de estos desgraciados va a indicarme el camino, soy yo el que debe decidir. Si es así, creo que ya sé qué quiero hacer…

Me levanto, me pongo la mochila a la espalda, me aseguro bien de que mis armas están cargadas, cojo a un rehén como escudo humano y me dirijo con paso firme a la puerta. La decisión está tomada: o Tailandia o nada.

Olivia Smith (+ la voz)

En el último taller hablamos de la voz. Viene a ser el estado de ánimo del narrador. El narrador, por ser un personaje, puede ser simpático, buena persona o un facineroso, pero la voz transmite cómo se siente: con miedo, en estado de locura, alegre…

El ejercicio de hoy era escribir un relato en el que el personaje… mejor lo pongo abajo del todo para no condicionar.

 

Olivia Smith

Aparqué el coche frente al colegio público del distrito y me bajé con el currículum en la mano. La calle estaba medio desierta, pero sentía que todo el mundo me miraba y me reconocía, y lo mismo me pasaba mientras iba caminando por los pasillos, vacíos pero envueltos en el murmullo que salía de las clases. Cuando llegué al despacho del director, su secretaria estaba en la puerta, recibiendo a las candidatas. Según llegábamos, nos iba diciendo que nos sentásemos en unos bancos a esperar nuestro turno. La secretaria era una mujer madura y fea, y seguro que no me había reconocido, pero me juzgaría y me condenaría en cuanto se enterase de quién era.

Que la secretaria fuese fea me hacía sentir cómoda, porque me sentía a las puertas de un mundo en el que no importa que seas la más guapa, ni que tengas los pechos más grandes. En realidad, odio ser guapa y odio mi trabajo. Odio el día en el que decidí venir a California a convertirme en actriz. Lo odio incluso más que la vida que tendría si me hubiese quedado en mi pueblo de Kansas. Allí son todos unos paletos. La gente es vulgar. No hay nada que hacer y todo es muy aburrido. Me estaría muriendo del asco de ir los sábados al bar de Joe, aguantando cómo unos cowboys descerebrados (porque allí no hay más que pueblerinos y destripaterrones) me estarían mirando toda la noche de arriba a abajo, y sólo se atreverían a acercarse a mí cuando ya estuviesen borrachos, oliendo a cerveza light, y soltándome tonterías de baboso para llevarme engañada a su cama. Con suerte acabaría en su cama, porque nunca se puede descartar que te lo hagan en su coche y luego se queden dormidos. Lo peor es que yo habría caído, como ya caí alguna vez, y en una de esas me habría quedado embarazada y habría tenido el niño. Aunque aun peor es que me arrepiento mil veces de haber cogido aquel bus a Los Ángeles, para cumplir mi sueño de ser actriz. Al menos aquellos paletos me habrían follado con ganas, no por dinero.

—¿Olivia Smith?— dijo la secretaria. Oír mi nombre me sobresaltó, me hizo salir de repente de mis pensamientos en bucle. Llevaba demasiados días pensando en eso, pero por fin podría romper con todo y rehacer mi vida. Esta era la oportunidad que, sin haberme dado cuenta durante todos estos años, llevaba esperando desde que llegué a California.
—Soy yo— le contesté. Estaba nerviosa. Era mi primera entrevista para un trabajo que no fuese en el mundo del cine.

Entré al despacho del director. Llevaba traje y corbata. Imponía. En mis audiciones, lo normal era sentarme en un sofá, delante de una cámara que estaba al otro lado de la habitación, mientras un tipo con vaqueros y tatuajes me pedía que le enseñase mis habilidades. Ahora me enfrentaba a un señor, una silla en la que sentarme, y una mesa de madera que nos separaba.  No estaba muy segura de saber cómo convencerle sin tocarle. Tendría que hacerlo sólo con palabras. Era todo un poco extraño para mí.

—Muy bien, señorita… Smith— dijo el director, que tuvo que leer mi nombre en el currículum. Era la segunda vez que me llamaban por mi apellido real. En mi mundo era Olivia Nova. Con ese nombre había abierto muchas puertas, pero cada una de ellas, en realidad, me iba haciendo sentir un poco más miserable. Me gustaba que me llamase Smith, porque me hacía sentir anónima y sin pasado. —Veo que nació usted en Kansas, el estado de los granjeros— y me miró como si eso tuviese que hacerme gracia. Mi mirada despectiva lo asustó un poco. —Perdón, sólo pretendía hacer una broma— me dijo. ¿Por qué le habría mirado así? En realidad, el director apartó la mirada, un poco ruborizado, y me pidió disculpas sinceras, pero yo ya sentía que la estaba empezando a cagar.
—Se vino aquí con veintiún años y desde entonces se ha dedicado al mundo del cine. Sin duda eso será positivo para el puesto de profesora de teatro. Pero, dígame, ¿por qué quiere dejar la industria y ponerse a dar clase?— me preguntó.
—Bueno, ya sabe cómo es esto del cine. A veces hay trabajo, pero a veces hay que esperar meses a que tu representante te llame… y muchos de los trabajos son cortos, o mal pagados. Muchas veces acabas teniendo como único compañero las drogas y el alcohol—. El director me miró sorprendido. —O sea— rectifiqué—, que he visto a muchos compañeros caer en la droga y el alcohol por las malas rachas que pasan—, dije titubeando un poco y sorprendida de lo rápido que lo había arreglado. Dos segundos más de duda y seguro que la entrevista se habría acabado.
—Entiendo, señorita. Se oyen muchas historias de gente que viene a buscar fama y fortuna, y acaban yendo por el mal camino.

No me gustaba la gente que decía eso de “por el buen o el mal camino”. ¿Quién era él para juzgar lo que es bueno o malo? Estaba harta de puritanos que me demonizaban a mí y a todo el género de cine que hacía. Me hacía sentir que cada vez era más difícil conseguir el puesto. En mis audiciones, los directores sabían en diez segundos si era la actriz que querían o no, y el resto de la media hora se aprovechaban de mí, para sacar algo de sexo o al menos algunos desnudos gratis. Odiaba las audiciones y esta entrevista cada vez se le parecía más. Pero cálmate Olivia; si ya hubiese tomado una decisión, ¿qué ganaría continuando? A este hombre no le apetece perder el tiempo. Cálmate, todavía hay esperanza.

—Y cuénteme, ¿qué películas ha hecho? ¿qué género se le da mejor?— le preguntó el director.
—Lo mío son las películas románticas, pero no creo que conozca ninguna. Las que hago tienen muy poca distribución—. Lo que en realidad estaba pensando era que lo que mejor se me daban eran las mamadas ¡Pídame una y verá cómo me contrata al instante! Pero eso no valía ahora. Ahí estaba la mesa, marcándome cuánto me podría acercar, marcando cuánto se puede acercar la gente en este mundo de personas que van por el buen camino.
—Aunque no lo parezca (todo el mundo piensa que a los hombres sólo nos gusta la acción), la comedia romántica es el género que más me gusta. Dígame el título de alguna.

¿Me está vacilando este hombre? ¿A quién quiere engañar diciendo que le gustan las comedias románticas? Yo creo que ya ha descubierto mi verdadera profesión, que ahora disfruta mientras me marea y me ve caer lentamente. Pero no me puedo dejar vencer todavía.

—No, en serio, no va a conocer ninguna—, repetí, con un tono entre nerviosa y molesta.
—Insisto, seguro que alguna la conozco—.

Yo también creo que me has visto en alguna película, pero entre mi cuello alto y mis pantalones sueltos no te has dado cuenta. Que yo sé que a los hombres os da igual el romanticismo ¡A quién quieres engañar! Tú ya me conoces ¡Todo el mundo me conoce a todas partes que voy! ¿Por qué este sitio tendría que ser diferente? ¿Porque aquí lleváis traje y os creéis con derecho a decir cuál es el buen camino? Pero cálmate, vamos a seguir intentándolo, al menos un poco más.

—La más famosa que hice se llama Amigos en la hierba—. Y eso era cierto. Fue una de aquellas en las que dos “desconocidos” se ven en un parque y les encanta hacerlo mientras les mira la gente que pasea.
—Ah, pues no. No me suena. Y dígame, ¿qué solían decir los directores para los que ha trabajado, sobre cuál es su mayor habilidad como actriz?

Ya está. No hay duda. Se está quedando conmigo. Que se vaya a la mierda.

—¿Quiere que le sea sincero? Como insiste tanto en saberlo, se lo voy a decir: lo que me ha hecho famosa es mi cara de guarra mientras la chupo ¿Tranquilo ya? ¿Contento? ¿Para qué le da tantas vueltas a todo si ya me había reconocido desde el principio? ¿Qué pasa, quiere una chupadita? ¿Conseguiré así el empleo? ¿Me va a contratar gracias a eso una persona que se atreve a hablar de caminos buenos y malos? Es usted un puritano de mierda. ¡Bájese los pantalones para que pueda hacerte un hombre! Y quite del medio esta puta mesa de una vez. Yo me voy a mi casa. Este mundo es una mierda. No tengo ninguna esperanza mientras siga lleno de tipos como usted. ¡Váyase a juzgar a su madre, o a la fea de su secretaria! Nos dicen que dejemos las drogas pero ahí están, señalándonos para que a nadie se le olvide humillarnos, para que ninguna persona se atreva a juntarse a nosotros, y mientras tanto, nuestra única compañera fiel, la que siempre nos comprende, es la heroína. Por mucha mierda que haya vivido en el día, me pego un chute y se me olvida todo. ¿Qué se pensaba que iba a conseguir con sus sermones de caminos rectos o torcidos? ¿Que de repente se me olvidasen todos mis miedos? Pues no, señor director, lo único que sucederá es que me hundiré más, me sentiré más sucia y abandonada, me daré cuenta de que mi camino está tan torcido que no hay forma de enderezarlo, que mi vida no vale nada y que no le aporto nada bueno al mundo. Así que váyase a la mierda y déjeme en paz.

Salí corriendo del colegio, sin que me importase, ni me diese cuenta, de la reacción del director ni de su secretaria. Las lágrimas debían de haberme corrido el maquillaje y tendría pinta de muerta. No quería que nadie me viese. Estaba harta de sentir que todo el mundo me miraba y me reconocía. La entrevista me había hecho ver que aquel bus que me trajo a California, me introdujo en un ambiente del que nunca iba a salir. Odiaba el mundo al que pertenecía, lleno de aprovechados y de gente que no me tenía el menor aprecio. Pero ahora detestaba con toda mi alma a todos los demás, porque me desprecian por lo que soy, y no están dispuestos a olvidarlo ni a perdonármelo. Había entrado al colegio pensando que tenía la oportunidad de mi vida, pero está claro que me he equivocado, que ya no había otro lugar posible para mí. Necesitaba un buen chute para olvidar.

Y ahora, lo que pedía el ejercicio. Se trataba de escribir un relato en el que el personaje estuviese a punto de suicidarse, pero no podíamos decir explícitamente que esa era su intención. También podíamos escribir sobre alguien a quien le hubiese pasado algo que le hubiese hecho “volver a nacer”. O sea, las dos opciones antagónicas: desafecto total por la vida propia o euforia por sentir plenamente que todavía está vivo.

De Bogotá a Madrid

La propuesta de hoy era escribir un cuento en el que el narrador fuese alguien muy diferente a mí, así que elegí a alguien que viajaba por primera vez, y sólo con billete de ida, de Bogotá a Madrid.

Lorena caminaba por el finger hacia la terminal del aeropuerto de Barajas. Miró al cielo limpio del mediodía, con un sol que lucía radiante y que pocas veces había visto así en Bogotá. “Cuando salí de casa hacía el mismo tiempo que todos los días”, pensaba. “Un poco de sol, alguna nube y algún ratito de lluvia. Luego me metí en la caja y, de repente, ya no hay ni rastro de nubes, ni de los cerros verdes”. Para Lorena el avión no era más que una caja voladora desde la que pudo ver las luces de Bogotá, en el poco tiempo que pasó desde que despegó hasta que llegaron a las nubes, y luego, cuando se hubo estabilizado, se sentía como en un decorado, como si estuviese en un teatro esperando a que empezase la función, y con la sensación de que volvería a casa en cuanto terminase el espectáculo. En veintitrés años, este había sido su único vuelo. Algún conocido suyo había tenido un vuelo horrible, en el que el avión se puso a temblar como si estuviesen dentro de una lavadora, y sólo se salvaron, le dijo, gracias que le estuvieron rezando salmos a San Cristóbal de Catamarca. Durante semanas estuvo nerviosa, pensando en que no debería coger ese avión, que le daba miedo volar, diciéndose que ningún santo le iba a salvar la vida porque apenas iba a misa una vez al mes. Ella misma sabía que eran excusas, porque su verdadero miedo era el de dejar su vida alrededor de la calle 180, de no volver a ver Bogotá, de que su Basílica de Monserrate dejase de observarla desde las alturas, y de tener que empezar de nuevo en un lugar tan lejano. En el finger, recordando el vuelo, tuvo que admitir para sí misma que su miedo a volar era una excusa, porque al poco de que sirviesen la cena, Lorena se durmió y, aunque tuvo pesadillas, no se despertó hasta que el avión golpeó con el suelo del aeropuerto. “Esta caja es mágica, y ha cambiado los colores de todo”. Se paró un momento para observar el paisaje, y le llamó especialmente la atención el tono grisáceo de la tierra y el cielo resplandeciente.

Cuando entró en la terminal, aquel edificio enorme parecía un laberinto, en el que todos menos ella sabían hacia dónde se dirigían. Se limitó a seguir a todo el mundo. Le preguntó a un pasajero por dónde debía ir y le indicó que antes de coger las maletas debía pasar por el control de pasaportes, que estaba un poco más allá, todo derecho. Sólo había oído el acento español en algunas películas, y a humoristas colombianos cuando querían parecer cultos y anticuados. Nunca pensó que tanta gente lo pudiera estar hablando para comunicarse de forma normal, por mucha lógica que tuviese. Tampoco le habían dicho que toda esa gente, que hablaba con ese acento entre chistoso y anticuado, era muy poco amable. Cuando ya había recogido las maletas, le preguntó a un policía por dónde se salía de la zona de pasajeros, y su respuesta le pareció muy maleducada y descortés. La miró (eso sí, mirada amable) y directamente le dijo “¿ha visto esa señal de ahí? Siga un poco y la salida está a la derecha”. El tono no era estridente ni malhumorado, pero ni la saludó ni le preguntó qué tal estaba. ¿A qué venía tanta sequedad? Tampoco la acompañó a la salida. “¿Pero no ve que estoy perdida? ¡Ayúdeme señor agente! Y tampoco hay ningún caballero que me ayude con mis maletas, ¡y mira, ese lleva sólo un maletín!” pensaba, mientras le entraban ganas de llorar, pero más por contrariada que por perdida. Efectivamente, la salida estaba a unos pocos metros, y allí, entre un montón de personas expectantes, estaba su cuñada Mafer (aunque ella siempre se presentaba como María Fernanda). “¡Qué alegría me da verla, Lore! ¡No sabes las ganas que tenía de tenerla por por fin aquí!”. Lorena también estaba muy contenta. Hacía ya cuatro años que no se veían, que es cuando Mafer se fue a vivir a Madrid.

Aunque se llamaban cuñadas, en realidad Mafer se casó con un primo de Lorena. No les fue muy bien y, a los pocos años, la fogosidad de sus noches se fue convirtiendo en acaloradas discusiones diurnas, cada vez más frecuentes. Mafer estaba segura de que su marido tenía al menos un amante, porque muchas veces, cuando ella se ponía cariñosa, él se mostraba perezoso y terminaba por rechazarla. “Un hombre no rechaza mieles como las mías si no está saciado con la miel de otra”, le solía decir a Lorena. Así que ella también se echó un amante, Leonardo, que además de tenerla contenta por las noches, le fue metiendo poco a poco la idea de marcharse a España a buscar una vida mejor. “Por estar un rato llevando cajas o limpiando una escalera te pueden pagar 35.000 pesos. Así que imagínate, en una semana ya cobrarías más que en todo el mes en Colombia”, le decía Leonardo. Mafer no se lo pensó mucho, y sólo unas semanas después de conocer a Leonardo, lo arregló todo para venirse a España a vivir.

Lorena era mucho menos decidida que Mafer, y tardó unos cuantos meses en dar el paso. En Bogotá tenía a su familia, amigos a los que quería y un trabajo que no le disgustaba, pero sentía que estaba desperdiciando los mejores años de su vida en un barrio que, en realidad, le parecía un lodazal de aspiraciones sin futuro, de chicos malos peleando por ser el gallo que más cacarea, de noches lóbregas tomadas por bandas callejeras y de gente resignada a que nada mejorase, sino que más bien se protegían para cuando empeorase. Además, había veces que su marido, después de salir con los amigos, llegaba borracho, la despertaba y la obligaba a hacer el amor. Aunque lo quería mucho y la mayoría del tiempo estaban bien, eso era muy desagradable. Al menos, se consolaba, le hacía pensar que no tenía otra amante. También se ponía violento cuando ella hablaba de mudarse a España “Usted no se va a marchar de aquí a la hijueputa España” le decía. “¡Pero la vida aquí es una mierda! En la tienda no gano para hacer nada. Me compro ropa nueva nomás cuando se me ha roto la que tengo, y apenas tengo plata para salir a bailar una vez al mes. Además dicen que aquello es mucho más seguro, que puedes caminar sola a las tres de la madrugada sin miedo a que te suceda nada” replicaba Lorena, quejándose en tono de súplica pero enfadada a la vez. Más de una vez, esa contestación le valió un par de bofetones. Después él se arrepentía y le pedía disculpas pero, poco a poco, le iba cogiendo miedo a hablar de temas delicados con él. Para irse a España, además de mentalizarse a dejar su tierra (y a montarse en un avión), tendría que abandonar a su marido. “Esto es peor que engañarle con un amante” se decía. Pero sus ganas de mudarse y encontrar una oportunidad mejor no dejaron de crecer en su interior y, al final, después de dejarse convencer por su cuñada, hizo todos los papeles y se compró el billete a Madrid. Por supuesto, lo hizo sin decirle nada a su marido.

A pesar de todas las razones que tenía para irse, desde que llegó a España no paraba de acordarse de todos los buenos momentos que había tenido en Bogotá. Durante el viaje en metro se iba acordando de cuánto le gustaba ir a la discoteca a que le sacasen chicos a bailar cuando, de repente, tomó conciencia de que el trayecto se le estaba haciendo largo. Nunca había estado tanto tiempo bajo tierra. Todo era muy distinto a su país y eso, aunque le hacía notar la emoción de estar descubriendo el mundo, no la hacía sentirse del todo cómoda. Le llamó mucho la atención que había varias personas hablando idiomas que desconocía, pero sobre todo se fijó en que mucha gente iba viendo su celular con total despreocupación. ¿Sería verdad eso de que España era mucho más segura? “Claro que lo es, Lore”, le decía Mafer. “Y ya verá que en nuestro barrio se va a sentir como en casa. Justo al lado encontré un lugar donde tienen jugo de guanábana, y una bandeja paisa deliciosa, y también unas venezolanas que hacen una manicura maravillosa. Eso sí, no busque desayunar chocolate con queso, que no lo tienen en ningún sitio”. Mafer cambió el gesto para mirarla fijamente y añadir: “Y no se preocupe por que vaya a extrañar al marica de su marido: conozco a unos dominicanos guapísimos que van a conseguir que lo olvide todas las noches… porque quién echa de menos a los hombres durante el día, que no están más que para quejarse, mandar y beberse en cerveza la plata que traemos a casa. Alguno de los dominicanos está con pareja, pero siempre sacan tiempo para dedicarnos, y saben muy bien lo que necesitamos las mujeres latinoamericanas. Porque los españoles… ¡ni se le ocurra meterse con un español!”, exclamó casi indignada. “Cuando sale con ellos siempre hay que pagar a medias. Que así tiene que ser la mujer moderna, dicen, y lo que les pasa es que son unos ratas. Jamás les oirá decirle ‘te quiero’ o ‘mi amor’. Salí con uno. No duré ni dos semanas y, óigame bien lo que le digo, nunca más lo voy a intentar”. Con los comentarios que le hacía, Lorena no estaba muy segura de si ahora se sentía más tranquila o más bien todo lo contrario. ¿Apenas acababa de llegar a Madrid y ya le estaban diciendo qué cosas extrañaría de su tierra y cuáles no le iban a gustar de aquí? ¿Y por qué le hablaba de los dominicanos? Ella no quería un hombre de alquiler. Quería un hombre que la quisiese, que estuviese a su lado y que la ayudase en los momentos difíciles. Y no quiso reconocerlo, pero le molestó un poco que Mafer llamase marica a su marido.

Cuando por fin llegaron a casa, lo primero que hizo fue llamar a su madre y contarle que estaba bien y que se sentía un poco rara en ese país tan diferente. En seguida quiso saber si había hablado con su marido y cómo se lo había tomado. “Yo con él no hablo hasta que se lo cuente usted todo. A saber cómo reacciona. Hable con él primero y ya me dirá si está demasiado furioso, para intentar no encontrármelo por la calle”. Después de colgar con su madre sentía la necesidad de hablar con él. Pero le daba miedo. No sabía cómo se lo habría tomado. Era capaz de transportarse por el teléfono, agarrarla del cuello y ahogarla allí mismo. Después de reflexionar un poco y repetirse varias veces que colgaría si la conversación se torcía, marcó el número y esperó a que diese tono. Tres, cuatro tonos. “¿Será que no lo oye? ¿Será que no quiere hablar conmigo? ¿Será que lo he perdido para siempre? Eso es lo que pasa cuando alguien abandona a quien quiere; tiene todo el derecho a no querer hablar conmigo nunca más”, pensaba. Al sexto tono descolgaron.

– Aló
– Soy yo, Lorena.
– ¡Gracias a Dios Lorena! ¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me has llamado antes?
– Estoy en Madrid. Me he venido con Mafer-. Esperó la respuesta de su marido, pero no decía nada, así que añadió: -mi cuñada-, como si el dato ayudase a aclarar la situación o pudiese calmar a su marido.

Lorena calló. El silencio era mutuo y se le estaba haciendo eterno. Su marido empezó a balbucear. Lorena esperaba que de un momento a otro él explotase como una bomba de ira. Cada vez estaba más dispuesta a colgar de inmediato si empezaba a gritarle.

– ¿Guillermo?- preguntó, buscando que él reaccionase -¿Sigues ahí?
Y cuando Lorena estaba a punto de colgar, para evitar los gritos de Guillermo, él empezó a sollozar.
– ¡Ay mi Lore! Siempre quisiste irte y yo no hacía más que ponerte pegas. Y al final te has ido. Eres una valiente. Mucho más valiente que yo. Y ahora me has abandonado y te he perdido-. Y se puso a llorar desconsoladamente.
– No me has perdido mi amor-, le dijo con un nudo en la garganta. Estuvo tentada a decirle que volvería inmediatamente a Bogotá, pero recordó cuánto le había costado hacer todos los papeles y reculó antes de tiempo- Pero ahora vivo en Madrid. Sólo llevo unas horas y este es un lugar muy extraño, pero es mi casa ahora.
– Pues si es así, Lorena,- decía balbuceando y entrecortándose por el llanto -tendré que ir a buscarte.
– Pero no me hagas volver a Bogotá. No sabes cuánto me ha costado llegar hasta aquí.
Fresco Lorena. Si no vas a volver, seré yo quien se vaya a vivir a Madrid.

Con la forma de llorar del marido era imposible mantener una conversación fluida, así que se despidieron tres o cuatro frases después. Lorena había permanecido serena pero, en cuanto colgó, se derrumbó y empezó a llorar. Lloró lágrimas enormes que le salían desde lo más profundo de su pecho. Lloraba para descargar la tensión acumulada de todos estos meses, por la acumulada en las pesadillas del vuelo, por lo raro y lo antipático de la gente de Madrid, por los amantes dominicanos de Mafer a los que no quería conocer. Pero, sobre todo, lloraba de alegría.

El narrador como personaje

En la última sesión del taller, Víctor nos contó algo revelador: en prosa, el narrador es un personaje más, aunque el texto esté narrado en tercera persona. Concretamente, el autor, al escribir un relato, crea un personaje que nos va a contar lo que sucede. Ese personaje tendrá el punto de vista que el autor se haya inventado para él. Es más fácil entender este concepto cuando el narrador es uno de los personajes de la novela.

El narrador, como cualquier otro personaje, tiene personalidad, y decide contar o enfatizar unas cosas por delante de otras, porque le resultan más importantes.

Si el personaje del narrador no está bien creado, el texto resultará poco creíble, porque le faltará coherencia.

El narrador como personaje no se da en ninguna otra arte ni género literario, o al menos no de forma tan marcada.

Sin duda, es un punto de vista que me va a facilitar escribir textos más redondos… especialmente a mí, que me gusta mucho divagar y escribir lo que yo pienso, sin que necesaria mente sea lo que pensaría mi personaje narrador.

STARPOR

Las clases teóricas se han acabado y ahora vamos a trabajar el narrador. Víctor no nos enseñó teoría concreta sobre el tema; simplemente estuvimos analizando un texto y cuál era la perspectiva del narrado. Como deberes, escribir un cuento en el que un niño va al colegio con zapatillas de estar por casa.

STARPOR

Lucas apenas pegó ojo pensando en los regalos que le habrían dejado los Reyes. Estuvo en un duermevela constante hasta que sus padres, por fin despiertos, le llamaron. Fue un “buenos días” amable, con un tono medio cantado que lo convertía más en una sugestión que en un saludo. No dio tiempo a que la madre se asomase por la puerta, porque Lucas saltó corriendo de la cama, disparado hacia el salón, y empezó a abrir los regalos. Por la velocidad con la que llegó al salón podría pensarse que los abriría de forma compulsiva, pero el momento fue todo un ritual. Quitaba el papel de envolver con cuidado, y sólo rompiéndolo si era necesario. Se ilusionaba con cada regalo, lo disfrutaba de una forma casi secular, gozando por adelantado el tiempo que le dedicaría durante el resto del año. Y así hizo con todos los regalos. Algunos le ilusionaron más que otros, pero con ninguno sintió el más mínimo ápice de decepción.

Uno de los regalos eran unas zapatillas de estar por casa. Eran rojas, con unos dibujos de leones y el nombre de la marca muy visible: STARPOR. No le podían gustar más: eran de su color favorito, los leones tenían aspecto feroz pero sin ser demasiado agresivos, y el nombre de la marca era tan sonoro que su mente lo repetía en bucle, y sólo paraba en los pocos momentos que tuvo que hablar. Al día siguiente, sus padres no le dejaron salir con ellas puestas para ir al colegio, así que las metió en la mochila y se las puso nada más salir de casa. Hacía un poco de frío para ir en zapatillas de andar por casa, pero qué importaba eso si cada paso que daba era un salto de león, si imaginaba el rugido que soltaban a cada persona que se cruzaba, y le hacían sentir tan seguro y orgulloso que en ese momento se veía capaz de derrotar a cualquier karateka con sus piernas supersónicas.

En el colegio, sus compañeros no tardaron mucho en darse cuenta de que no llevaba un calzado normal. “¿Qué haces en el colegio con unas zapatillas de andar por casa?” le decían algunos, pero eso mismo pensaban todos en cuanto se daban cuenta de lo que llevaba en los pies. Lucas tampoco necesitó que le preguntasen para contarlo todo sobre sus zapatillas. En cuanto detectó una mirada hacia sus pies, empezó a decirle a todo el mundo los superpoderes que le daban. Algunos lo miraron con indiferencia y siguieron mirando por la ventana o jugueteando con algún regalo de Reyes. Otros le escuchaban con atención, entre encantados e incrédulos por el desparpajo que le daban las STARPOR un lunes por la mañana. Estaban también los típicos bobalicones que querían llamar la atención más que él y se ponían a imitarle, haciéndolo todo igual pero inventándose nombres para su calzado (a cada cual con una sonoridad más fea) o diciendo que eran sus guantes lo que les daba superpoderes. Cualquier cosa con tal de que Lucas no pudiera acusarles de copiotas. Por último, estaban los que se sentían superiores al resto, que se reían de él y le imitaban de forma jocosa, haciendo las mismas patadas al aire; pero, según avanzaban en su burla, y luchando con ellos mismos para no admitirlo, iban disfrutando con el espíritu de las STARPOR y sus gestos de pretendida imitación a mariquita, dieron paso a los saltos de samurái, rugidos de tigre, león y hiena, y a poner gestos amenazantes. Ya no se sabía quién había empezado ni quién había imitado. Unos se pusieron a correr entre las mesas, imaginando que perseguían a los cobardes que huían de sus habilidades de kárate. Alguno se subió a la mesa y fue saltando de una a otra, mientras otros lo veían demasiado arriesgado y se conformaban con seguir dando brincos en el suelo y gritando ¡STARPOR!

Titanic

La propuesta de esta semana era coger una película de Disney o similar, que tuviese una estructura muy clara, y reinventar el segundo giro y el desenlace (ver post de la estructura clásica de los relatos). Yo no hice caso del todo y me fui con una película, pero de gente de carne y hueso y, lo que es peor, una con dos tramas paralelas. Menos mal que el tutor no nos pone nota…

 

Titanic

Leonardo estaba subiendo por una pasarela de madera hacia una mole de metal que ya en todo el mundo se conocía como Titanic. No conseguía comprender cómo algo tan pesado podía flotar; es más, ni siquiera comprendía cómo podía haber tanto hierro en el mundo como para construir un barco de semejante tamaño. La pasarela se zarandeaba con cada paso que daba él, y con cada paso de cada una de las personas que estaban subiendo al barco por ese mismo sitio. Pero no sólo el suelo sobre sus pies se zarandeaba. Él mismo sentía la zozobra de dejar el país en el que había estado toda su vida por una nueva vida en los Estados Unidos. “Es el país de las oportunidades” le habían dicho, pero mientras miraba hacia abajo, y veía la pasarela de los de primera, robusta, estable y lujosa, pensaba que habría oportunidades, pero no las mismas para todos.

Aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño, en un camarote en el que había otras veinte personas, algunas roncando, algunas susurrando y todas oliendo igual de fuerte que él, se imaginaba cómo serían los camarotes de la gente de primera. Estar en un barco como Titanic era lo más cerca que había estado del lujo y, mientras su mente pasaba el trance de estar despierta a quedarse dormida, él iba ideando un plan, cada vez más onírico, para entrar en la zona de primera e incluso acabar seduciendo a una dama de la alta sociedad.

Durante varios días estuvo intentando acceder a primera, pero lo que se encontraba difería mucho de lo que había imaginado. Para ir de tercera a primera, tenía que pasar primero por segunda, y las zonas estaban comunicadas por puertas a las que sólo el servicio tenía acceso. También podía escalar por una de las caras exteriores del barco, arriesgando su vida para conseguirlo, pero eso sería demasiado para su travesura del viaje.

La cuarta noche de travesía, sin ninguna gana de dormir, salió a la cubierta para ver cómo la noche se fundía con el mar. Parecía que el barco estaba flotando en la nada, y sólo el reflejo de la luna, que ya estaba en cuarto menguante, le conseguía dar la sensación de que estaban atravesando el océano. Estarían en tercera clase, pero tenían las vistas más bonitas del mar. Era de madrugada y la cubierta estaba vacía. Él estaba observando el mar hasta que unas pisadas le sacaron de su ensimismamiento. “Eso suena a zapato bueno”. Se dio la vuelta y vio a una señorita, vestida muy elegante, caminando hacia el pico de la proa. No entendía qué hacía allí esa persona; se supone que debía estar en su zona de primera clase, rodeada de su gente y sus lujos. Él sabía que ella había notado su presencia, así que se acercó a preguntarle qué hacía una chica de primera clase paseando por tercera. Según le contó, ella había bajado a aquella zona porque estaba cansada de tanto lujo y tanta corrección política. Como era de primera, no le habían puesto ningún inconveniente en acceder a tercera. “Ese es el truco, ser de primera”, pensó mitad jocoso y mitad resignado. Ella siguió contando que, cuando estaba en tierra, le gustaba ir a su finca en el campo y hablar con todos los campesinos que trabajaban para su padre. Algún día heredaría esas tierras y haría que todas aquellas personas pudiesen vivir mejor. Aquí, en el barco, sin sus paseos por el campo y sus conversaciones con gente humilde, se sentía encerrada, a pesar de los lujos y a pesar de las comodidades. Estar en aquella cubierta, que le daba la sensación de estar volando, le hacía desconectar un poco de su jaula de oro. “Pues todavía le quedan diecinueve días de travesía, señorita. Va a tener que bajar a la cubierta de tercera más a menudo”. Entre risas y miradas agitadas, sintió que ella realmente deseaba volver a esa cubierta de nuevo. “Es tarde y me está entrando el sueño” le dijo ella en tono amable, y quizás ruborizada. “Espero verlo mañana por aquí a la misma hora”.

Desde entonces, todas las noches recibía la visita de la dama de primera. Ella, aburrida de las convenciones de la vida en primera, estaba encantada de encontrarse con un chico tan simpático y desenfadado. Y él, aunque en público sólo reconocería que ella sería una muesca más en su lista de conquistas, sentía que verla le hacía estar más alegre y más tranquilo.

Después de varias visitas, aquella noche había luna nueva y la sensación de estar flotando sobre la nada era mucho más pronunciada. “Si salto, creo que me quedaré flotando a esta misma altura, sin descender un metro. Incluso creo que rebotaría y volvería a caer en la cubierta” dijo él. Siguieron hablando un buen rato hasta que por fin se envalentonó a decirle algo que venía pensando desde la primera noche. “Voy a darte un beso” le dijo. “No sería mala idea, pero nunca te lo daré si no te das un buen baño antes”, contestó ella un poco socarrona. “Tendrás que llevarme a una de esas bañeras que tenéis en primera, porque aquí va a ser imposible”. Según avanzaba el diálogo, él se visualizaba, cada vez más, entrando por fin en primera, y además acompañado por una dama que, como la noche de luna nueva, le hacía sentir que flotaba.

Cuando ella estaba a punto de llevarlo a conocer primera, vieron como si el barco se acercase a toda velocidad a tierra firme. Estaban a días del continente más cercano; no sabían qué era aquello. Además, tenía unos brillos blancos que, junto con lo oscuro de la noche, parecía como si fuese una aparición fantasma, una mole colocada a propósito por alguna fuerza sobrenatural, que se acercaba para destruir el barco y destruirlos a ellos dos. Notaron un traqueteo y cómo el suelo que pisaban se movía hacia un lado. Aquella masa blanca brillante ya no se acercaba directamente hacia ellos. El barco había virado lo suficiente. El iceberg pasó tan cerca que casi pudieron tocarlo con sus manos, pero se alejó igual de rápido que lo habían visto venir. Aunque el peligro parecía haber pasado, los dos estaban aterrorizados, pero mientras él se sentía seguro estando a su lado, ella reaccionó muy diferente. “Me voy. Quiero abrazar a mi padre. Me he asustado mucho”. “No te vayas, yo te abrazo”. La mirada de repulsión que ella le soltó, además de paralizarle, le hizo recordar lo que significaba ser de tercera clase, y ya no tuvo el arresto de convencerla para que se quedase.

La noche siguiente esperó y esperó. La cubierta siguió tan vacía como aquella primera madrugada, con la diferencia de que ella no terminaba de bajar. Cuando se empezó a ver el resplandor del alba se dio por vencido, varias horas después de haber comenzado a sentirse un ingenuo, un chico abandonado por una chica que nunca lo vería como un igual. Las siguientes noches fueron iguales, salvo que ahora se iba a dormir cada vez antes, y cada vez más resignado.

La mañana que llegaron a Nueva York, mientras bajaba por aquella pasarela tambaleante y que recordaba con tanto desagrado, la vio a ella saliendo del barco. Iba por la plataforma de desembarco de los de primera, acompañada por otras damas y riendo. Estados Unidos podría ser la tierra de las oportunidades, pero la suya de entrar, aunque fuera un día, en la alta sociedad, había pasado y nunca más se le volvería a presentar.